Como resultado de la explosión de un volcán ciclópeo en tiempo pretéritos, se creó un ecosistema feraz donde la vida prosperó. Las cenizas de aquel volcán hoy desaparecido cubrieron un inmenso territorio, convirtiéndolo en una tierra fértil.

Son las llanuras del Serengeti, en Tanzania. Desde tiempo antiguos, poblaciones de todo tipo de animales salvajes recorren la sabana siguiendo el ritmo de las lluvias, como lo ñus, las cebras y toda suerte de antílopes, o rastreando el rumbo de sus presas, en el caso de los grandes felinos.

En ese lugar donde la vida salvaje bulle de forma milagrosa del mismo modo desde hace miles de años aún se puede observar un  milagro mayor: La Gran Migración.

Desde tiempo inmemorial, más de un millón y medio de ñus, acompañados de cientos de miles de cebras y otros antílopes peregrinan cada año en busca de pastos siguiendo el ritmo del agua, de las lluvias y de la hierba fresca.

Es un viaje circular que nace en el sudeste del Serengeti y se proyecta hacia el noroeste hasta cruzar a la sabana del Masai Mara, en la vecina Kenia, para después regresar al Sur.

Es un viaje épico. Manadas de cientos de miles de herbívoros salpican la sabana, cruzan ríos retando a los cocodrilos y sortean todos los peligros. En algún momento de esa odisea animal la concentración de animales es tal, que la sabana desaparece, convirtiéndose en una mancha marrón, como la piel de los ñus, salpicada de los retales blancos y negros de las cebras que les acompañan en el viaje.

Desde los termiteros, las rocas y los promontorios, los leones y los guepardos los acechan, y no desperdician la oportunidad de la caza.

La gran Migración es el paradigma del ciclo circular de la vida, un espectáculo salvaje de proporciones mágicas que la naturaleza nos sigue regalando.

Textos: Jesús Amunarriz