Para llegar a Dzanga Sangha desde Mbeli bai, hay que recuperar el río Sangha y navegarlo otros ciento cincuenta kilómetros río arriba, en la frontera con la República Centroafricana.

El bai de Dzanga Sangha es famoso por la altísima concentración de elefantes que lo visitan. Se han llegado a reunir más de un centenar de elefantes al mismo tiempo, acompañados también por búfalos de bosque, o antílopes rayados bongos. 

Volvemos a los libros que han marcado nuestros años de juventud y siguen salpicando de alguna manera nuestros viajes. Ahora es el turno de Rudyard Kipling, el gran escritor inglés, autor de “El Libro de la Selva”.

El “Libro de la Selva” encierra mil historias; y entra éstas, el cuento “Toomai de los elefantes”, en el que se relataba la costumbre de los elefantes salvajes de reunirse ciertas noches de luna en un claro del bosque profundo para bailar.

Kipling conocía la selva, y en el cuento hablaba de bailes; luego quizás haya algo de esa magia danzante en la reunión de elefantes habitual de Dzanga Sangha. Porque lo cierto es que en ese claro de la selva tropical se pueden ver decenas y decenas de elefantes jugando, barritando y persiguiéndose; o paseando con sus crías y metiendo la trompa en el agua de las charcas, buscando sal. 

También se les ve compitiendo por el territorio, parados moviendo las grandes orejas o, a veces, echando a los búfalos de su charco de agua particular. Entran y salen del bosque: despacio, olfateando el aire con sus trompas levantadas. Y Toomai, el niño del cuento de Kipling, tuvo que ver exactamente la misma escena cuando entró una noche de luna llena en el bosque persiguiendo a un elefante escapado.

No puede abandonarse ese lugar sin explorar la selva junto a los pigmeos ba-akas. Ellos nos ayudarán a seguir el rastro de los gorilas de llanura occidentales que también pueblan la Reserva de Dzanga Sangha, junto a colobos y pequeños monos mangabeys.

No existe duda alguna, el bosque tropical centroafricano esconde muchas sorpresas, no sólo por sus animales y por sus plantas, sino por la magia que desprende ese mundo ancestral.

Los africanos creen en los hechizos, en un sortilegio constante que envuelve todo, y por eso hablan de hombres-leopardo; o de vuelos de hechiceros a París realizados en secreto con un avión de madera construido en una choza (Air Makana); o de animales mitológicos como Mokele Mbembe, el último dinosaurio, que habita los pantanos de esas mismas selvas; o también de Edzeazeka, un animal mitad hombre, mitad gorila.

Rudyard Kipling también creía en los hechizos: sabía que los elefantes se reunían bajo la luna para bailar en los calveros del bosque; y ha resultado ser verdad. Al menos nosotros los hemos visto bailar. – o casi – .

Si esto ya ha quedado claro que es cierto, ¿quién nos dice que muchos de los otros mitos y sortilegios africanos no lo son?

Quizás sea esta búsqueda de una respuesta a los mitos una buena excusa para viajar al Congo y al río Sangha. Cada uno tiene sus razones para viajar; aunque a mí se me ocurren muchas razones para adentrarse en este mundo de los grandes árboles. 

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