Hablemos de Mbeli bai. Nos acercaremos allí en vehículos 4×4 por una maltrecha pista forestal que nos lleva hasta un precario embarcadero situado en un recodo del pequeñísimo río Ndoki. Luego, hay que continuar en piraguas hechas con troncos vaciados, confiando en la ayuda de los remeros bantúes o pigmeos ba-aka, quienes deben empujar la embarcación con pértigas de madera o con sus propias manos, dependiendo del caudal del río y de los bancos de arena donde pueden quedar atascadas.
Este tramo del viaje, de unas dos horas de navegación, puede resultar algo incómodo, aunque resulta gratificante deslizarse bajo el dosel de los árboles -muchas veces esquivando ramas- escuchando solamente los sonidos del bosque y del agua.
Tras abandonar las piraguas todavía debemos hacer un pequeño tramo andando hasta el alojamiento dispuesto en las inmediaciones del bai de Mbeli: unas cabañas elevadas sobre una plataforma, diseminadas entre los árboles.
El camino que lleva desde el campamento de Ndoki hasta el propio bai no es excesivamente largo, en dos horas se llega fácilmente. Pero son dos horas andando en fila india por senderos trazados en la selva por elefantes, vadeando charcos de barro, corriendo cuando hormigas soldado han invadido el camino, percibiendo el sonido de los gorilas que deambulan por el bosque, o su olor, o su silueta perdiéndose entre los árboles.
La meta es el claro del bosque. A partir de ahora no queda sino relajarse y confiar en la suerte.
Mbeli bai dispone de un mirador elevado de madera, con una gran balconada desde la cual el visitante ocasional puede compartir jornadas con los científicos que, día tras día, estudian a los habitantes de la selva.
Los investigadores han repertoriado en Mbeli más de cien gorilas de llanura occidental, asiduos visitantes del claro; y eso permite tentar la suerte con más tranquilidad: es fácil ver entrar en el bai grupos familiares, de más diez individuos, dirigidos por un macho dominante de espalda plateada; o algún macho solitario que se sienta a comer, ajeno al resto de animales que campan por el calvero.
Pero el espectáculo se amplía con la entrada de sitatungas – una especie de antílope – o de elefantes; y también con el vuelo de águilas pescadoras o con el sonido de los monos, de los colobos o de los pájaros.
Son jornadas tranquilas pero plenas las de las visitas a Mbeli bai. Desde nuestra atalaya, nos convertimos en testigos de excepción de la vida más recóndita del bosque. Si tiene la suerte y la paciencia necesarias, el visitante no quedará defraudado.
Ahora, continuamos nuestro viaje.


